Ciudad para caminar

Necesitamos una ciudad que se pueda caminar. No la queremos llena de automóviles y con el tráfico de las grandes ciudades. El mayor reto que tenemos en Latacunga en materia de convivencia es recuperar el espacio público para que la gente pueda caminar y pedalear. No porque sea un capricho de los ciclistas, o porque sea la moda del momento, la requerimos así porque recuperando las calles para las personas y no para los autos, estamos construyendo ciudad que se encuentra en cada esquina y que no sabe de clases sociales. Una ciudad donde todos podamos ser respetados es lo que anhelamos.

Platón decía que no puedes cambiar una nota de una melodía sin modificar toda la estructura del Estado. Afirmo que esta idea es aplicable a la movilidad. No podemos tener una ciudad más democrática si las decisiones sobre movilidad se siguen haciendo con un esquema de favorecer a las compañías de automóviles y al status de la movilidad cómoda en el automóvil. La ciudad debe ser pensada para ciudadanos y no para automóviles. No debemos seguir las peores ideas de Estados Unidos.

La construcción de un circuito permanente de ciclorutas en Latacunga es imperioso, así como lugares de estacionamiento para las bicicletas en las instituciones públicas. El transporte público debe ser repensado para que se adapte a las necesidades de las mayorías. Las calles deben volver a ser respirables.

Tenemos que cambiar nuestro esquema de pensamiento sobre el éxito; el nuevo concepto que desarrollemos debe tener en claro que el dominio sobre las cosas no es sinónimo de éxito, que la ciudad se debe construir sobre la salud, la educación y la convivencia pacífica de sus ciudadanos.

Andrés Patricio Alvarez Dávila

 

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El ideal latacungueño

juanabel

<<Se encumbra, al par de ti, la inteligencia,

y al corazón agita tu presencia,

con temblor de ansias y bullir de anhelos>>

Juan Abel Echeverría

Vivimos en una ciudad que presenta serias deficiencias en cuanto a educación. Nuestras instituciones educativas reflejan sistemas de militarización, lógicas de seguridad (en algunos casos de panóptico) y hasta barrotes en las ventanas. Estamos encarcelados en la prisión de la deficiencia educativa. ¿Pero esta situación surge por un problema de carácter eminentemente institucional? ¿O tiene sus orígenes en otras circunstancias que complementan el escenario?

Debemos aceptar, para curarnos de esta enfermedad, que la dificultad no tiene un principio solo de carácter institucional. Ya que las escuelas, colegios y universidades no son más que lugares donde se reúnen las personas para intercambiar experiencias e información; parece que la respuesta a nuestra paupérrima preparación no se debe exclusivamente a estas instancias. Tenemos que entender que en el siglo XXI, y ahora que nos adentramos a la sociedad de la información -que posteriormente debería desembocar en la sociedad del conocimiento-, la educación es una tarea que sobrepasa la débil institucionalidad de nuestro país en estas materias.

Actualmente el sistema educativo en el Ecuador se encuentra en crisis. Más allá de los títulos que reciben las personas que transitan por un curso de instrucción formal, nos enfrentamos a la necesidad de que las personas aprendamos a ser más creativos con los conocimientos que recibimos. Como bien apuntó Daniel Innerarity en el libro <<La democracia del conocimiento>>: <<El gran desafío de una sociedad del conocimiento es la generación de inteligencia colectiva>>. Dicha inteligencia colectiva no nos vendrá exclusivamente de las aulas a las que tenemos que asistir para cumplir con los programas de educación obligatorios, ni la conseguiremos concurriendo a la universidad. La inteligencia colectiva por el contrario se genera en la discusión de los problemas cotidianos de nuestra ciudad y de las soluciones tentativas que podemos proponer.

¿A qué nos enfrentamos? A la incertidumbre. Por más que la ciencia ha reportado avances, no ha sido capaz de proveernos de las respuestas que hemos esperado. ¿Cómo terminamos con la pobreza? ¿Cómo aseguramos la felicidad, no del mayor número de personas, sino más bien de todos? ¿Cómo podemos llegar al equilibro en nuestras vidas personales? Ninguna de esas preguntas han sido respondidas del todo, y algunas de estas interrogantes ni siquiera han sido ensayadas oportunamente por las ciencias. ¿Qué tenemos que hacer?

Pienso que el camino que podemos seguir es el de ser autodidactas. Y para asumir este sendero es importante tomar en cuenta que no estamos solos y que tampoco tenemos que abandonar las oportunidades de asistir a cursos formales de educación. De hecho, deberíamos agotar todas las instancias de formación posibles. En esta línea me permito recomendarle, generoso lector, que me permita acercarle una herramienta que he utilizado hace un par de meses y que me ha parecido muy enriquecedora. Se trata del portal www.coursera.org, sitio desde el cual se pueden acceder a cursos impartidos por las mejores instituciones educativas de tercer nivel del mundo. En esa página web además se puede practicar idiomas y lograr incluso certificados validados por las instituciones que imparten los cursos. En esa misma línea existe otra dirección, se trata de www.edx.org, lugar en el que se pueden conseguir los mismos beneficios que en el sitio antes mencionado.

Es hora de que asumamos nuestra condición de ciudadanos del siglo XXI y utilicemos las herramientas de la información para lo que deberían servir, es decir, para generar conocimiento. Hagámoslo por nosotros mismos y dejemos la pasividad y el conformismo.

Andrés Patricio Alvarez Dávila